2.2 La felicidad es el bien supremo y el fin de la vida

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Según Cicerón, la cuestión ética fundamental de la felicidad fue determinante en Demócrito: “Demócrito descuidó sus bienes y su fortuna para buscar la felicidad, que hacía consistir en el conocimiento de las cosas; de esta investigación de la naturaleza quería que se originase el buen ánimo” (fr.740).

La cita de Cicerón nos permite hablar sin más preámbulo de aquello que Demócrito considera el bien supremo. En efecto, Demócrito, del mismo modo que lo hará Aristóteles, se pregunta cuál es el fin de la vida humana y concluye que es el buen ánimo (fr.735). Este buen ánimo no es otra cosa que la felicidad (fr.739). La coincidencia con Aristóteles es en este punto casi absoluta, excepto en el hecho de que Demócrito prefiere emplear como concepto básico el de buen ánimo (euthymia) y no el de felicidad (eudaimonía), aunque, llegado el caso, los declara sinónimos e incluso utiliza otros equivalentes, como bienestar (fr.734): “A la felicidad llama [Demócrito] buen ánimo, bienestar, armonía, simetría e imperturbabilidad” (fr.742).

Así pues, como señalan los comentadores de los fragmentos de Demócrito (en la edición de los Presocráticos III de Gredos), para Demócrito “el buen ánimo es el télos (fin) de la vida, y el supremo bien (to krátiston), que coincide con la felicidad (nota 293). Este buen ánimo es “el estado en el que el alma está serena y equilibrada, porque no la perturba ningún temor, ni el miedo a los dioses ni ninguna otra afección” (fr.734).


2.6 Pensamiento, palabra y acción

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Hay un asunto que interesa de manera muy especial a Demócrito, pero que Aristóteles apenas examina directamente en la Ética a Nicómaco (tal vez porque se trata de la condición implícita en la investigación misma), aunque al parecer sí lo hace en el Protréptico. Se trata de la adecuación entre la reflexión interna, el discurso o expresión pública y la acción. Así, dice Demócrito: “Tres son las consecuencias de ser sabio: deliberar bien, hablar bien y obrar como se debe” (fr.830 y 831), y critica a aquellos que “actuando de la manera más despreciable hacen gala de los más bellos discursos” (fr.700). Pero el interés por esta cuestión lo muestra antes que nada el hecho de que Demócrito llegó a dar un nombre a la adecuación de pensamiento, palabra y acción: Tritogenia, que es también el título de uno de sus libros, en el que, al parecer, Atenea tritogenia representaba la sabiduría, definida como esa adecuación. Que yo sepa, sólo en la India se ha creado un nombre (satya, si no recuerdo mal), y con ello formado un concepto, para dar sentido a la unión y consecuencia de esas tres facultades, que es la definición y descripción misma de la sabiduría y del sabio, mientras que en la tradición occidental es fácil hallar ejemplos de pensadores que rechazan incluso la idea de hacer coincidir lo que se dice que hay que hacer y lo que se hace efectivamente. Séneca, por ejemplo, dedica los últimos capítulos de su libro Sobre la felicidad a justificarse por esta aparente, para él, incoherencia; Schopenhauer también defendía vehementemente que el sabio no tiene por qué seguir sus propios consejos.


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