Introducción

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Se examina en este trabajo la ética de Aristóteles, tal como es expuesta en el primer capítulo de su Ética a Nicómaco.

Este será el objeto fundamental de la primera parte; en la segunda parte, se exponen los rasgos esenciales de la ética de Demócrito y se compara ésta, al mismo tiempo, con la de Aristóteles.

He considerado interesante comparar ambas éticas, debido a que son muchas las coincidencias que se dan entre ellas, y a que la exposición de los planteamientos éticos de un filósofo anterior a Aristóteles puede ayudar a la comprensión de su obra. En la Conclusión, se examina el contenido fundamental de la ética aristotélica y el llamado eudemonismo y teleologismo de la misma.

Para el examen de la obra aristotélica, he utilizado la edición de la Ética a Nicómaco de la editorial Gredos (Madrid, 1988), traducida por Julio Pallí Bonet y con introducción de Emilio Lledó Iñigo.

Para los textos de Demócrito, he empleado también la traducción de Gredos (Madrid, 1978), que se incluye en el tomo III de Los filósofos presocráticos. Por último, se observará una gran diferencia entre la manera de citar en las distintas partes del trabajo. Mientras que en la dedicada a Demócrito, me he limitado por lo general a añadir el número del fragmento citado o comentado a continuación del texto, en la parte dedicada a Aristóteles, por el contrario, las referencias se dan generalmente en notas a pie de página. Soy consciente de que esta primera parte peca de una superabundancia de notas, que puede hacer fatigosa la lectura, pero ha de tenerse en cuenta que estas notas no tienen por qué leerse. Están ahí para refrendar lo que se afirma en el texto principal y, por ello, sólo han de ser leídas en caso de que se considere que alguna afirmación no se sustenta en las opiniones expresadas por Aristóteles en su obra. Así, se puede leer el texto sin atender a la notas, de tal manera que la sucesión de numeritos que puebla el texto no represente sino una ligera molestia óptica.

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1.1 Bienes y fines. La política y el bien supremo

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Aristóteles constata, en primer lugar, que toda actividad humana tiene un fin, y considera que los bienes son precisamente aquello a lo que se tiende en cada arte, oficio o actividad[1]. Asentada esta concepción teleológica, que permite a Aristóteles intercambiar los términos bien (agathón) y fin (télos) en el curso de una argumentación[2], es comprensible que considere como bien supremo aquél al que se aspira por sí mismo, y no para alcanzar otro bien[3].

Puesto que todas las artes y ciencias tienen un fin u objeto diferente[4], hay que suponer que a ese bien supremo al que están subordinados los demás bienes habrá de corresponder a la ciencia más importante, aquella a la que también se hallan subordinadas las demás[5]. Esta ciencia es la política. La política, en efecto, es la ciencia que determina qué actividades, ciencias y artes debemos realizar, y cuáles rechazar[6]. Así, pues, el fin de la política, que a su vez incluirá los fines de las demás ciencias, será el bien supremo[7].

Antes de proseguir, sin embargo, Aristóteles, se ve en la obligación de advertir que la política no es una ciencia exacta, por lo que no se debe esperar de ella proposiciones demostrativas. Con ello, la ética de Aristóteles choca frontalmente con proyectos como el de Spinoza, de exponer la ética more geométrico[8].


[1] “Todo arte y toda investigación, e igualmente toda acción y libre elección parecen tender a algún bien… el bien es aquello hacia lo que las cosas tienden (1,e,1-5). Y también: “Pero como hay muchas acciones, artes y ciencias, muchos son también los fines” (1,e,5-10).

[2] “Si, pues, de las cosas que hacemos hay algún fin que queramos por sí mismo y las demás cosas por causa de él… es evidente que este fin será lo bueno y lo mejor” (1094a,15-25).

[3] Las citas de la nota 1 pertenecen al primer argumento de la Ética, en el que ya Aristóteles utiliza indistintamente los términos “fin” y “bien”. Otro ejemplo se puede encontrar en 1094a,15-25, y en 1094b 6-10; y también en 1095b 20-30.

[4] “Pero como hay muchas acciones, artes y ciencias, muchos son también los fines” (1094a,5-10).

[5] “…debemos intentar determinar cuál es este bien [supremo] y a cuál de las ciencias o facultades pertenece. Parecería que ha de ser la suprema y directiva en grado sumo. Esta ciencia es la política” (1094a,25).

[6] Ver nota 5, y además: “Ella [la política] es la que regula qué ciencias son necesarias en las ciudades y cuáles ha de aprender cada uno y hasta qué extremo… Las facultades más estimadas le están subordinadas” (1094b,1)

[7] “…Y puesto que la política se sirve de las demás ciencias y prescribe, además qué se debe hacer y qué se debe evitar, el fin de ella incluirá los fines de las demás ciencias” (1094b,1-10)

[8] “Las cosas nobles y justas que son objeto de la política presentan tales diferencias y desviaciones, que parecen existir sólo por convención y no por naturaleza” (1094b,15-20). Por ello, hemos de contentarnos con mostrar la verdad de un modo tosco y esquemático… porque es propio del hombre instruido buscar la exactitud en cada materia en la medida en que lo admite la naturaleza del asunto” (1094b,20-25)


1.2 El bien supremo es la felicidad

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Ahora bien, ¿cuál es la meta de la política y el bien supremo? Todos están de acuerdo en que es la felicidad[1]. Comienza, a partir de este momento, la investigación aristotélica acerca de la felicidad, pero, antes de adentrarnos en ella, conviene hacer notar que en todo momento Aristóteles está hablando de la política, no de la ética, a la que considera “una cierta disciplina política”[2]. La ética, en efecto, estudia el carácter y los fines del individuo en cuanto tal, pero sin nunca olvidar que el hombre es en última instancia un zoon politikón, y que el bien de la comunidad está por encima del bien del individuo[3]. Por ello, aunque el objeto de la investigación aristotélica en este libro pertenece propiamente a la ética, Aristóteles prefiere emplear el término política en el curso de sus argumentaciones, de tal modo que siempre se refiere a la felicidad como fin de la política. De primerísima importancia será también no olvidar que “el fin de la política no es el conocimiento, sino la acción”[4]. El conocimiento ético resulta inútil si no es llevado a la práctica[5].

Aristóteles, vimos antes, ha alcanzado la conclusión de que el fin de la política es la felicidad. En cuanto a qué sea esa felicidad o bien supremo, Aristóteles examina primero las tres soluciones que se corresponden con los tres modos de vida, sensitivo, político y contemplativo[6].


[1] “Sobre su nombre [el del bien supremo y meta de la política] casi todo el mundo está de acuerdo, pues tanto el vulgo como los cultos dicen que es la felicidad” (1095a 15-20)

[2] 1094b,10.

[3] “Pues aunque sea el mismo el bien del individuo y el de la ciudad, es evidente que es mucho más grande y más perfecto alcanzar y salvaguardar el de la ciudad; porque procurar el bien de una persona es algo deseable, pero es más hermoso y divino conseguirlo para un pueblo y ciudades” (1094b,5-10).

[4] 1095a,5-10.

[5] 1095a,7-10.

[6] 1095b,15 y ss.


1.3 La felicidad y los tres modos de vida

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Al examinar la vida política, vemos que su fin parece ser el honor, o los honores[1]. Sin embargo, estos honores a los que se aspira se buscan para convencerse uno a sí mismo de la propia virtud, mediante el reconocimiento que a nuestra persona otorgan los demás[2]. Así, la virtud será en sí misma preferible a los honores, aunque tampoco se puede concluir que la virtud sea el verdadero fin de la vida política, pues el que posee la virtud no es necesariamente feliz[3]. En este argumento de Aristóteles se halla una crítica al concepto arcaico de virtud o areté que se refleja en las obras homéricas, y fundamentalmente en La Ilíada[4].La vida sensitiva, por su parte, aspira a bienes que proporciona la riqueza, por lo que tampoco es la riqueza en sí lo que busca[5]; o bien aspira al placer. La cuestión de si el placer puede ser el supremo bien es analizada sólo de modo indirecto en este primer libro de la Ética, y de manera metódica en el Libro X.

En cuanto a la vida contemplativa, Aristóteles pospone su análisis. Lo retomará en el último libro, el décimo[6].


[1] 1095b,20-25.
[2] “Esos hombres parecen perseguir los honores para persuadirse a sí mismos de que son buenos, pues buscan ser honrados por los hombres sensatos y por los que los conocen, y por su virtud; es evidente, pues, que en opinión de estos hombres la virtud es superior” (1095b,25-30)
[3] “Tal vez se podría suponer que ésta [la virtud] sea el fin de la vida política, pero salta a la vista que es incompleta, ya que puede suceder que el que posee la virtud esté dormido o inactivo durante toda su vida, y además padezca grandes males e infortunios; y nadie juzgará feliz al que viva así” (1095b,30/1096a,5).
[4] Werner Jaeger examina en los primeros capítulos de su célebre obra Paideia el concepto aristocrático de virtud y su crisis, primero en manos de los sofistas y posteriormente en las del propio Aristóteles.
[5] “Es evidente que la riqueza no es el fin que buscamos, pues es útil en orden a otro” (1096a,5-10).
[6] “El tercer modo de vida es el contemplativo, que examinaremos más adelante” (1096a,5).

1.4 Refutación de la idea platónica de “Bien”

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Examina ahora Aristóteles otra forma de abordar la cuestión del bien supremo, la de su maestro Platón. Aquí se halla aquella célebre opinión recogida en una Vida de Aristóteles: Amicus Plato, sed magis amica veritas[1]. No voy a analizar aquí los argumentos que emplea Aristóteles en esta refutación, señalando tan sólo que en ella se muestra la preocupación aristotélica por la obtención práctica de ese bien que se busca: de nada serviría definir un bien idealizado pero inalcanzable para el ser humano. El reproche más o menos explícito a Platón es que subordina la ética a la metafísica.


[1] “Esta investigación [la de la noción de bien universal] nos resulta difícil por ser amigos nuestros los que han introducido estas ideas. Parece, sin embargo, que es mejor y que debemos sacrificar incluso lo que nos es propio, cuando se trata de salvar la verdad, especialmente siendo filósofos; pues siendo ambas cosas queridas, es justo preferir la verdad” (1096a, 10-15).

1.5 La felicidad es un fin perfecto

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Tras el examen de las diversas soluciones propuestas, Aristóteles retorna a la noción de bien y señala que el bien no es sino “aquello a causa de lo cual se hacen las demás cosas”[1]. Pero los bienes que hemos examinado no lo son por sí mismos, luego no son perfectos, pues “llamamos perfecto a lo que siempre se elige por sí mismo y nunca por otra cosa[2]”Resulta, entonces, que la riqueza y la virtud, el placer y los honores, no son bienes perfectos, pues no son deseados por sí mismos. La felicidad, por el contrario, sí parece ser un fin perfecto, “pues la elegimos por ella misma y nunca por otra cosa”, mientras que los demás bienes, aunque podamos desearlos por sí mismos, los buscamos también a causa de la felicidad, pues “pensamos que gracias a ellos seremos felices”[3].

Como se ve, la noción de bien perfecto no se resuelve en la simple oposición entre lo que es deseado por sí mismo y lo que es deseado por otra cosa, sino que requiere que se cumplan a la vez dos condiciones que no son equivalentes, aunque pueda parecerlo a primera vista:

(a) que ese bien sea deseado por sí mismo,

(b) que ese bien no sea deseado por otra cosa[4].

Con ello, Aristóteles admite la posibilidad de un bien que, a pesar de ser efectivamente deseado por sí mismo, sea también deseado por otra cosa. Creo que esta opinión es de una gran precisión, puesto que parece evidente que es posible desear las riquezas o los placeres por sí mismos, es decir, no como medios para alcanzar algo, sino como fines. Es decir, alguien puede desear la riqueza porque ella conlleva un vivir desahogado, y alguien puede preferirla por el mismo placer de ser rico, de manejar dinero. Ahora bien, en última instancia, opina Aristóteles, la suma de esos placeres que se desean por sí mismos es aceptada en tanto que parece proporcionar una vida feliz. Y no obstante, podría considerarse tal vez si fines como la riqueza, por ejemplo, no pueden ser también deseados por sí mismos en un sentido absoluto, aún a sabiendas de que pueden no llevar a la felicidad, y hasta impedir una vida feliz. Si esto se aceptase, todo el planteamiento ético de Aristóteles basado en que todos los hombres aspiran a la felicidad como bien supremo se desmoronaría. Y tal vez esta sea una posibilidad real, que Aristóteles parece intuir en algunos momentos, y que es causa de alguna falta de precisión en su discurso. Sobre ello volveré a hablar al final de este trabajo.


[1] 1097a,15-20.
[2] 1097a,30.
[3] 1097b,5.
[4] “Los honores, el placer, al inteligencia y toda virtud, los deseamos en verdad por sí mismos ( puesto que desearíamos estas cosas aunque ninguna ventaja resultara de ellas), pero también los deseamos a causa de la felicidad” (1097b,1-5).

1.6 ¿Qué es la felicidad?

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Llega, por fin, el momento de averiguar qué es la felicidad. Ello puede lograrse examinando cuál es la función propia del hombre, “pues parece que lo bueno y el bien están en la función”[1]. Aristóteles constata, en efecto, que cada ser y cada actividad tienen una función que les es propia y en cuyo cumplimiento se realizan y cumplen su especificidad[2]. La función del hombre no puede ser la vida vegetativa, el vivir sin más, pues este tipo de vida es común a las plantas[3]. Tampoco la vida sensitiva, que comparten los animales[4]. La función del hombre parece ser la vida intelectiva[5], de ahí que propio del hombre será una actividad del alma según la razón[6]. En conclusión: la felicidad es una actividad de acuerdo con la virtud[7].Parece haberse dado aquí un paso ilegítimo desde la noción de función a la de virtud, pero hay que hacer notar que virtud no ha de entenderse, en esta ocasión, en el sentido que opone este término a vicio, tal como se usa en la ética estoica y en la cristiana, y tal como el propio Aristóteles parece emplearla a lo largo de varios libros de la Ética, aquellos en los que examina las virtudes éticas y sus contrarios.

Aquí, como el contexto indica claramente, y como señalan los estudiosos de la ética aristotélica[8], virtud ha de entenderse en el sentido de excelencia, de lo que hoy llamamos virtuosismo. Un citarista virtuoso será aquél que no sólo toque la cítara (función propia de su oficio) sino que además lo haga de un modo excelente.

Así, pues, el hombre virtuoso en lo absoluto, y no en una actividad particular, será el que realice de un modo excelente la función propia del ser humano que, como ya hemos visto, es la de vivir conforme y guiado por la razón, por la vida intelectiva. Parece fácil, sin embargo, aventurar que el hombre particular que cumpla de modo excelente la función propia del hombre en tanto que hombre, se alejará de manera necesaria del vicio, en tanto que éste parece oponerse a la razón. Pero lo hará de un modo sobrevenido, no aplicando una especie de virtud cuya función principal es la de negar el vicio y ser su opuesto, tal como admiten otros planteamientos éticos, que incluso pueden concebir que un hombre sea virtuoso no por atenerse a la razón, sino por seguir preceptos externos[9].


[1] 1097b,25-30.
[2] 1097b,25-30.
[3] “El vivir, en efecto, parece también común a las plantas, y aquí buscamos lo propio [del hombre] (1097b,30).
[4] “Seguiría después la sensitiva, pero parece que también ésta es común al caballo, al buey y a todos los animales” (1098a,1-5).
[5] “Resta, pues, cierta actividad propia del ente que tiene razón” (10989a,1-5).
[6] “Si, entonces, la función propia del hombre es una actividad según la razón, o que implica la razón….” (1098a,5-10).
[7] “Resulta que el bien del hombre es una actividad del alma de acuerdo con la virtud” (1098a,15-20).
[8] Así lo hacen los comentaristas de la versión de Gredos, y así lo hace Jesús Mosterín en su libro dedicado a Aristóteles de su Historia de la Filosofía.
[9] En Séneca, por ejemplo.